CADA MOCHUELO A SU OLIVO.

El verano ha llegado y la campiña gaditana, engalanada no hace tanto con los colores de la primavera, se viste ahora de verde y dorado, los colores de un mosaico agrícola compuesto en alternancia por regadíos, campos de cereal y girasoles. Llegadas estas fechas, ha llegado también un momento crucial en la vida de los jóvenes mochuelos. Es la hora de independizarse.


Hace apenas unas semanas la hembra ocupaba su nido y ponía los primeros huevos. Durante la incubación y la crianza de los pollos, recae sobre ésta el cuidado de los mismos, mientras que es el macho, algo más pequeño y liviano, el encargado de proveer de alimento la despensa.


Todo tipo de artrópodos y roedores componen una dieta que, sin embargo, puede comprender presas de mayor tamaño. A pesar de su carácter tranquilo (el que haya tenido oportunidad de sostener una de estas aves en su mano sabe a qué me refiero), no dejan de ser aves de presa y cuentan con las herramientas necesarias para capturar como decíamos especies más grandes, como por ejemplo una abubilla.

 

De los cuatro o cinco huevos (incluso más) que pueden poner, no todos alcanzarán la madurez. La competencia entre los propios hermanos y la depredación por parte de culebras o pequeños carnívoros (comadrejas, etc), pueden mermar un nido o incluso acabar con todos sus integrantes. Pero si la cosa sale bien, al menos dos o tres jóvenes mochuelos acabaran por salir de su hoquedad para descubrir el mundo que los rodea.

 

Es en este momento en el que muchos de estos pequeños búhos, tan propios del campo mediterráneo, se encuentran. Ya prácticamente emplumados pasan más tiempo fuera del nido que dentro, sin alejarse aún demasiado, y siempre bajo la atenta mirada de los adultos. Comienzan a hacer sus primeras prácticas de vuelo, a capturar sus primeras presas, y a una velocidad increíble (su supervivencia depende de ello), aprenden a desenvolverse en este nuevo mundo que les espera.

 

Aunque más sabe el diablo por viejo que por diablo. Un buen día experimentan el primero de lo que serán muchos encuentros con un humano. Mientras los padres, mucho más desconfiados, guardan las distancias, los tres hermanos se muestran al tiempo alerta y curiosos ante la presencia del fotógrafo, que consciente de su suerte por semejante encuentro inesperado, se parapeta inmóvil cámara en mano dejándoles hacer. Así, pasados los primeros minutos de espectación, se acaban olvidando del humano y continúan con sus idas y venidas y los juegos propios de la edad.

 

Comentaba que este no será sino el primero de muchos encuentros con humanos, y es que compartimos el mundo rural con estas aves, que no sólo son una de las siluetas más emblemáticas de nuestros sistemas agrícolas tradicionales, sino que juegan un papel fundamental en el equilibrio de estos hábitats.

 

Es por esto que debemos aprender a respetarlos, como ya hicieron mucho tiempo atrás otras culturas. No en vano estamos hablando del ave que acompañaba a la diosa griega de la justicia y la sabiduría, entre otras, y símbolo de la ciudad de Atenas. Hablamos del Mochuelo de Atenea. Athene noctua.

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